Principios de los años 80. Madrid. Recién entrados en la adolescencia llega la hora de tomar partido. Jóvenes indefinidos, mutantes hiperhormonados acostumbrados a lidiar cada día con un grano nuevo, con un pelo nuevo bajo la nariz, buscamos inconscientemente nuestro lugar en el mundo. Una tribu. Una manada en la que ocultarnos (algunos cursis dirán que en la que encontrarnos a nosotros mismos).

Según oímos decir a nuestros mayores, corren tiempos de libertad. Realmente, nosotros no podremos valorarlo. ¡Joder, si somos jóvenes! ¿Cómo no van a ser tiempos de libertad? Nos sacamos la camisa por fuera. Nos dejamos el pelo largo. Algunos nerviosos empiezan a fumar. ¡Hasta vamos a clase con vaqueros y zapatillas!
Y ahí ya empiezas a ver las diferencias. En el camino a clase, con nuestros archivadores de cartón en la mano forrados con fotos de tías buenas y futbolistas (hay cosas que siempre irán juntas) empiezas a relacionarte más con un determinado tipo de compañeros. Sin saber por qué. Quizás por llevar vaqueros sin etiqueta roja o unas Yumas en vez de Nike. ¿Quién lo sabe?
El caso es que un día llega el que será tu amigo para toda la vida y te pasa un disco de su hermano mayor. Y te lo pasa de sus manos a las tuyas. Todo legal. Cuando digo disco me refiero a lo que siempre ha sido y será un disco. Un pedazo de vinilo metido en un pedazo de cartulina con un pedazo de portada y un pedazo de cuadernillo lleno de fotos, letras y agradecimientos. Un disco. En mi caso, un pedazo de disco: “Highway to hell” de ACDC. Dios, sí que existes y te llamas Angus Young. ¿O será el mismísimo demonio? Qué más da, esto ya no hay quien lo pare:
- Oye, ¿no tiene tu hermano otro disco de estos?
– No, pero prueba con éste.
ÉSTE es “Larga vida al rock and roll” de unos tal BARÓN ROJO. ¡¡¡Jodeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeerrrr!!!. ¡Unos melenudos que tocan como Dios, cañeros y españoles! Que les den a los de La movida.
Barón Rojo. Habrá que hacerles una película dentro de 30 años…